Mientras el juez Juan Carlos Peinado cierra la instrucción y la procesa por tráfico de influencias, corrupción en los negocios, malversación y apropiación indebida, Begoña Gómez ya está en China paseando por el Palacio de Verano con su marido Pedro Sánchez. ¿Cómo lo ha conseguido? Sencillo: con un pasaporte que, según diversas informaciones, se ha negado a entregar al juzgado pese a los requerimientos judiciales.
Cualquiera de nosotros, si el juez nos pidiera el DNI para una multa de aparcamiento, ya estaría en busca y captura con foto en la comisaría y alerta en todos los aeropuertos. Pero claro, esto es España 2026: aquí las reglas cambian según el código postal de Moncloa.
Imaginemos la escena en el aeropuerto de Barajas hace unos días. El agente de seguridad, con cara de “esto no puede estar pasando”:
— Señora Gómez, ¿me deja su pasaporte para el control?
— Uy, qué gracioso. Ese documento está ocupado. Lo necesita un juez para investigar si usé recursos públicos para cosas mías. Pero no se preocupe, que China me ha invitado oficialmente. ¿O cree que Xi Jinping va a pedirle el pasaporte a la primera dama española?
El agente, sudando: — Pero… el juez Peinado lo requirió hace meses… — Exacto. Y como no se lo he dado, pues aquí estoy, volando en el Falcon presidencial. ¿Problemas? Llámele a mi abogado, el exministro Camacho. O mejor aún, pregúntele a Pedro, que está ahí firmando acuerdos con el país más poblado del mundo.
Y así, mientras en Madrid el juez Peinado redacta un auto de 39 páginas procesándola (y archivando solo el intrusismo porque “los indicios eran endebles”), Begoña disfruta de turismo previo en Pekín: Palacio de Verano, hutongs, Torre del Tambor… Todo pagado con cargo a “agenda oficial” y con la excusa perfecta del Gobierno: “China invitó también a la esposa”.
Qué detalle tan fino por parte de Xi Jinping. Seguro que en la invitación ponía: “Querido Pedro, trae a Begoña, que sabemos que está muy ocupada con sus cátedras, sus másteres y sus software registrados a su nombre. No hace falta pasaporte, nosotros confiamos en ti… y en ella”.
La oposición, claro, se rasga las vestiduras: “¿Cómo puede viajar una imputada sin entregar el pasaporte?”. La respuesta oficial es impecable: “Porque es un viaje oficial y punto”. Traducción libre: “Porque podemos”.
Mientras tanto, en los juzgados de Plaza de Castilla, el reloj sigue corriendo. Peinado da cinco días a las partes para que pidan juicio oral (posiblemente ante jurado popular, que ya es el colmo del suspense: ¿doce ciudadanos decidiendo si la mujer del presidente influyó o no influyó?). La Fiscalía, fiel a su estilo, sigue pidiendo archivo. Y Begoña, desde China, probablemente enviando un wasap: “Pedro, dile al juez que el pasaporte lo tengo yo, pero ahora mismo estoy probando el pato laqueado. Que espere a que vuelva. O mejor, que no espere”.
En resumen: en un país normal, negar el pasaporte al juez y subirse a un avión oficial sería motivo de detención inmediata a la vuelta. Aquí, en cambio, se convierte en anécdota diplomática con foto en el Palacio de Verano incluida.
Bendita sea la “normalidad democrática” que tanto defiende Sánchez. O como dirían en China: “Que el juez Peinado espere. El Gran Timonel de Moncloa ha hablado”.
¿Volverá Begoña con el pasaporte sellado por las autoridades chinas y una nota que diga “Exento de entrega judicial”? No lo descartemos. Al fin y al cabo, en este caso todo es posible… menos que las cosas se parezcan a la justicia ordinaria.









































