El vídeo de Michael Boor titulado Llamamos a una bocachancla de la acogida para meterle algunos menas en su casa es una joyita del humor negro telefónico que, en apenas unos minutos, resume mejor que mil columnas de opinión el eterno «sí, pero no en mi casa» de cierto activismo de sofá.
Nuestro héroe anónimo (o villano, según el punto de vista) marca a una asociación cultural que, según él, anda muy metida en movidas pro-inmigrantes. Empieza suave, preguntando por un supuesto concierto solidario para que su grupo toque y todo muy guay. La interlocutora responde con la amabilidad de quien contesta una encuesta telefónica no deseada: «No, no hay concierto, estamos en modo siesta cultural».
Ahí podría haber terminado la llamada. Pero no. Entonces es cuando Miguel se saca el as bajo la manga: «¿Y qué tal si metemos unos cuantos menas (menores extranjeros no acompañados) en vuestras casas para que pasen las vacaciones de Semana Santa en Cantabria? Son majísimos, sociables, algunos solo tienen antecedentes menores, y avisamos a la poli por si las moscas».
Silencio. Tos nerviosa. Y empieza el festival de excusas marca «yo apoyo la causa, pero…»:
- «Es que nuestra asociación es cultural, hacemos conciertos, no pisos tutelados.»
- «Yo voy a manifestaciones, sí, pero de forma personal.»
- «En mi casa vivo con mis hijos, no tengo sitio.»
- «Eso lo tienen que gestionar los ministerios y los profesionales, no nosotros.»
O sea: banderas arcoíris en el balcón, hashtags #AcogidaSinMiedo en Twitter, gritos en manifa contra la «criminalización de los migrantes»… pero cuando llega la pregunta incómoda de «¿me dejas una habitación libre para tres chavales?», de repente se convierten en expertos en competencias administrativas y en el artículo 47.3 del reglamento de la vivienda mínima por metro cuadrado.
El remate es glorioso. El llamante, ya sin filtro, suelta perlas como «pensé que estabas mal informada» y termina con un clásico «no te pongas nerviosa, gorda» que eleva la conversación al olimpo de las bromas pesadas. Ella mantiene la calma , pero el mensaje queda clarísimo: la solidaridad es preciosa… siempre y cuando la paguen otros, la gestionen otros y, sobre todo, la sufran otros.
Este vídeo, con sus escasos minutos de duración, funciona como un espejo cruel pero divertidísimo. Porque no se trata solo de una llamada reveladora: es la caricatura perfecta de esa contradicción tan española de querer salvar el mundo entero… pero siempre que sean otros los que pongan los medios.
Moraleja booriana (con perdón): si vas a ser bocachancla de la acogida en redes y en la plaza, al menos ten preparada la habitación de invitados. O al menos no te enfades cuando alguien te lo recuerda por teléfono.
Y ahora, si me disculpáis, voy a poner el vídeo otra vez. Porque la próxima vez que vea a alguien con una estelada y un cartel de «Refugees Welcome», ya sé qué hacer: marcar su número y preguntar por las plazas libres en su Airbnb solidario.








































