En un mundo donde los influencers presumen de yates y caviar, llega Jesús Cintora, el periodista de 48 primaveras, para recordarnos que la verdadera épica está en la miseria rural. Según un post de El Español que ha causado más risas que lágrimas, Cintora rememora su infancia en los 80 como si fuera un episodio de Supervivientes: «En casa no había agua caliente, ni lavadora, ni frigorífico, ni ducha». ¡Imagínenselo! Su madre calentando agua en una lata de conservas para bañarlo en la misma pila donde fregaba los platos. Pobre chiquillo, ¿verdad? Casi parece que creció en una cueva prehistórica, luchando contra mamuts por un chorrito de agua tibia. Pero, ¿y si les digo que esta historia tiene más agujeros que un queso gruyère? Vamos a desmontarla basándonos en su propia biografía, porque nada dice «víctima profesional» como exagerar penurias para vender libros y programas de tele.

Primero, contextualicemos: Cintora nació en 1977 en Ágreda, un pueblecito de Soria, hijo de una ama de casa y un ganadero. Suena humilde, sí, pero no tanto como para vivir como en la Edad Media. Según su propia web y múltiples entrevistas (como las recogidas en Wikipedia y El Mueble), era el segundo de cuatro hermanos en una familia dedicada al campo. ¿Penurias? Bueno, él mismo cuenta que pasaba veranos cargando camiones con su padre o sacos de cemento con su abuelo. ¡Heroico! Pero espera, ¿no dice también que los fines de semana viajaba con su equipo de fútbol escolar? ¿Cómo se financiaban esos desplazamientos si no había ni para un frigo? ¿Acaso los balones se impulsaban con el vapor de la lata de conservas materna? Y atención al detalle estelar: en su biografía, presume de ver Barrio Sésamo y La Bola de Cristal en la tele pública. ¡Toma ya! No había ducha, pero sí televisión para educarse con los Teleñecos. Prioridades, señores, prioridades. Si no tenían nevera, ¿dónde guardaban las gaseosas para ver a Alaska y Dinarama?
Ahora, vayamos al meollo: su ascenso meteórico. Cintora estudió Periodismo en la Universidad de Navarra, una institución privada ligada al Opus Dei, donde cada curso cuesta hoy unos 16.000 euros (y en los 90, no era precisamente gratis). Se graduó en 1999 en Comunicación Audiovisual, y hasta dio clases en la Carlos III. ¿Cómo pasó de bañarse en una pila a codearse con élites académicas? Él lo atribuye a un maestro inspirador que le abrió los ojos al periodismo, evitando que se quedara «predestinado al campo». ¡Qué bonito! Pero oye, Jesús, si tu familia no tenía ni agua caliente en los 80, ¿de dónde salió el dinero para una uni de postín? ¿Vendieron el camión familiar o ganaron la lotería de Doña Manolita, como bromean algunos en las respuestas al post? En entrevistas para Diez Minutos y El País, él mismo admite que madrugaba a las cuatro para trabajar, pero eso no explica cómo un chaval de pueblo humilde aterriza en Pamplona sin becas mágicas. Suena más a «ascensor social» que a «víctima eterna».
Y hablemos de los 80 en España, porque aquí viene la guinda del pastel. ¿Realmente era tan apocalíptico el rural español? Bueno, sí, en los 50-60, muchos pueblos carecían de electricidad, agua corriente o alcantarillado, como detalla un informe del Ministerio de Agricultura sobre 1955-1980. Casas con establos abajo, chozas de paja en el sur, y una pobreza que empujaba a la emigración. Pero ¡espera! Para los 80, España ya estaba en plena Transición: post-Franco, boom económico, entrada en la UE en 1986. La esperanza de vida subía (alrededor de 76 años en 1980), la electrificación llegaba al 100% en muchas provincias, y electrodomésticos como lavadoras y frigos se popularizaban incluso en zonas rurales.
Según videos y análisis de YouTube sobre la España rural de los 70-80, había tractores compartidos, mulas aún en uso, pero también progreso: 4,2 millones vivían en pueblos pequeños, y aunque había emigración juvenil por falta de oportunidades, no era la Edad de Piedra. En Soria, sí, despoblación y dureza, pero ¿sin ducha ni nevera? Eso suena a exageración para un libro como No quieren que lo sepas, donde Cintora reivindica la «España rural» como si fuera un mártir. En los 80, hasta los pueblos más remotos tenían acceso básico; si no, ¿cómo veías Barrio Sésamo sin congelarte el trasero?
En fin, queridos lectores, Cintora no miente del todo: tuvo una infancia rural con esfuerzo. Pero inflarla hasta el drama victimista es como decir que creciste sin internet en los 90 y ahora eres millonario en TikTok. ¿Víctima? Más bien un maestro del marketing personal.







































