¡Damas y caballeros, bienvenidos al gran circo de la política española, donde el ilustre Pedro Sánchez, nuestro prestidigitador favorito, lleva años haciendo malabares con la verdad y sacándose conejos de la chistera para mantenerse en el trono de la Moncloa! Porque, seamos sinceros, ¿qué importa la realidad cuando tienes un ego del tamaño de la Cibeles y una habilidad para el engaño que haría sonrojar al mismísimo Pinocho?
Corría el año 2018 cuando este apuesto economista, con su sonrisa de anuncio de dentífrico y su currículum más inflado que un globo aerostático, irrumpió en escena como el salvador de España. “¡No os preocupéis, españoles, que yo os traigo la estabilidad, la transparencia y el progreso!”, dijo mientras se subía al Falcon como quien coge el autobús de la esquina. Y desde entonces, amigos, ha sido un no parar de promesas rotas, giros de guion dignos de una telenovela y una pasión desmedida por aferrarse al poder como si fuera el último flotador en el Titanic.
Empecemos por el greatest hits de sus mentirijillas, que ya son más famosas que las sevillanas en abril. ¿Os acordáis de cuando juró y perjuró que no pactaría con los independentistas? “Jamás, nunca, ni en un millón de años”, decía con esa cara de no haber roto un plato. Y luego, zasca, ahí lo teníamos negociando con Puigdemont como si fueran colegas de Erasmus, vendiendo la unidad de España a cambio de siete votos que le mantienen el sillón calentito. ¡Qué bonito es el amor cuando hay escaños de por medio!
Luego está lo de la transparencia. “Mi gobierno será un libro abierto”, prometió. Claro, un libro abierto… pero de esos que solo tienen las páginas en blanco. Entre los escándalos de su mujer, Begoña Gómez, que parece tener más influencia que un ministro sin cartera, y los casos de corrupción que rodean a su partido como moscas a la miel, Sánchez ha convertido la Moncloa en un reality show donde el lema es: “Si no te pillan, no cuenta”. Y si te pillan, pues te haces la víctima, te tomas unos días para “reflexionar” y luego reapareces como si nada, con un discurso lacrimógeno que ni Almodóvar en sus mejores tiempos.
Pero el último truco de magia, el que se merece un aplauso de pie, es lo de los presupuestos generales del Estado. Resulta que llevamos años con las cuentas prorrogadas, como si España fuera un estudiante que vive de las sobras del curso pasado. Y ahora, el gran Pedro, con esa calma que solo da el saberse intocable, nos suelta: “Oye, que no pasa nada por no tener presupuestos, ¿eh? Total, el país funciona igual”. ¡Claro, hombre! ¿Para qué queremos un plan económico si podemos seguir improvisando como si esto fuera un monólogo de Gila? “¿Es el enemigo? ¡Que se ponga!”. Mientras tanto, él sigue gastando en Falcon, cumbres internacionales y postureo progresista, que eso sí que no falta en su agenda.
Porque, al final, lo importante para Sánchez no es España, ni los españoles, ni esas tonterías como la estabilidad o la coherencia. No, lo importante es él, su imagen, su legado como el tipo que desafió las leyes de la física política y se mantuvo en pie a base de espejos, humo y una cara dura que ni el cemento armado. ¿Presupuestos? Bah, un detalle menor. ¿Mentiras? Solo “cambios de opinión estratégicos”. ¿Gobernar? Eso es secundario mientras pueda seguir siendo el rey del mambo en la Moncloa.
Así que, queridos compatriotas, abróchense los cinturones y disfruten del espectáculo, porque mientras Pedro Sánchez siga al mando, esto no va de gestionar un país, sino de ganar el Óscar al mejor actor de reparto… en su propia película. ¡Que siga el show!