Estás en una cena de amigos, alguien saca el tema de Oriente Medio y de repente uno —el que siempre lleva la camiseta desteñida de “Don’t tread on me” aunque vive en un piso de 45 m² en Vallecas— suelta con la solemnidad de un Premio Nobel de la Paz:
«Es que Irán es una teocracia fanática, patrocina el terrorismo, tiene que entender que si le bombardean instalaciones nucleares es por su propio bien. Es como cuando te duele una muela y te la sacan: duele, pero luego estás mejor».
Y todos se quedan en silencio mirándole como si acabara de confesar que le gusta el reguetón de los 2010 sin ironía.
Porque claro, para llegar a esa conclusión hay que hacer un pequeño esfuerzo mental. Solo un pequeño esfuerzo. Tipo:
- Olvidarte de que en los últimos 25 años el único país que ha bombardeado instalaciones nucleares iraníes con regularidad ha sido… (redoble de tambor) Israel.
- Ignorar que Estados Unidos asesinó al principal negociador nuclear iraní (Soleimani) mientras estaba en Irak como invitado oficial del gobierno iraquí.
- Hacer como que no existió el acuerdo nuclear de 2015 que —oh sorpresa— estaba funcionando bastante bien hasta que un señor con pelo color melocotón maduro decidió romperlo porque le parecía “el peor acuerdo de la historia”.
- Tragar sin pestañear que bombardear centrales nucleares, refinerías, puertos y científicos es “defensa propia” pero que Irán responda lanzando 180 misiles después de meses de bombardeos sea “escalada irresponsable”.
- Sobre todo: creerte que el país que tiene 5.000 ojivas nucleares y el que tiene 0 pero está siendo bombardeado sistemáticamente son moralmente equivalentes.
Es un malabarismo cognitivo de órdago.
Es como si alguien te robara la cartera, te diera una hostia, te quemara el coche y luego te dijera muy serio:
«Mira, es que tú tenías cara de ir a robarme a mí primero, así que me adelanté. Defensa propia, ¿sabes?»
Y tú, en vez de darle un puñetazo en la nariz, contestas:
«Tienes razón, además mi cartera era fea y el coche estaba viejo. Gracias por hacer el trabajo sucio».
Ese nivel de autolesión ideológica no se consigue sin años de entrenamiento intensivo en gimnasios de think tanks, scroll infinito en cuentas verificadas con banderita de Israel en el nombre y consumo diario de columnas de opinión que empiezan con la frase “aunque no me guste Netanyahu…”.
Porque hay que ser muy tonto —o muy bien pagado— para mirar el último cuarto de siglo y concluir que el problema de fondo es “el régimen iraní” y no, por ejemplo:
- Una superpotencia que derrocó gobiernos, financió guerras, impuso sanciones que matan más civiles que cualquier misil y luego se queja de que le caiga mal,
- O un país que ocupa territorio ajeno desde hace 57 años, bombardea a sus vecinos cada dos por tres y aún así se presenta siempre como la víctima eterna con mejor marketing del planeta.
Así que sí, hay que ser bastante tonto.
O quizás no.
Quizás solo hay que tener mucho miedo a que te llamen “progre”, “títere de Teherán” o —el colmo del horror— “antisionista” en un tuit con 47 likes.
Y ante ese terror, cualquier atrocidad se vuelve digerible. Hasta la de bombardear a un país que no le ha declarado la guerra a nadie en 200 años mientras le gritas “¡terrorista!” al que responde.
Total, qué más da. Mientras el misil no caiga en tu urbanización de la costa del Sol, todo es “complejo” y “hay que entender los dos lados”.
Spoiler: no hay dos lados. Hay un señor con un mazo muy grande y otro señor con un espray de pintura que le pone cara triste al mazo. Y luego está la gente que aplaude al del mazo porque “es el bueno de la peli”.
Y esa gente, amigos míos, no es tonta.
Es cómoda.
Que no es lo mismo… pero casi rima.







































