La propuesta ciudadana que tiene temblando a los intocables de la Agenda 2030.
En medio del circo progresista, donde todo vale mientras no afecte a la casta, un grupo de ciudadanos hastiados ha decidido tomar la lógica al pie de la letra y llevarla hasta sus últimas consecuencias.
El resultado es un cartel tan directo como una patada en los huevos: “Los ciudadanos pedimos el derecho a practicar la eutanasia a los políticos de la Agenda 2030. Si se puede abortar a un bebé recién nacido y se le puede practicar la eutanasia a una chica, ¿por qué no se puede abortar o eutanasiar a un político que, además, solo es un parásito?”.
El diseño es impecable en su crudeza: una silueta negra de político con traje y corbata, elegantemente atravesada por una jeringa y unas tijeras quirúrgicas, mientras los coloridos logos de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (esos mismos que justifican que tú comas grillos y ellos viajen en jet privado) aparecen crucificados con grandes equis rojas.
El mensaje no admite matices: si la “autonomía corporal” y la “dignidad” sirven para acabar con bebés y jóvenes, ¿por qué demonios no pueden aplicarse también a esa plaga de sanguijuelas institucionales que nos chupan la sangre a través de impuestos, regulaciones y mentiras constantes?
La pregunta es tan obvia que duele: ¿dónde está la coherencia de esta izquierda caviar que llora por “el derecho a decidir” cuando se trata de un feto o de una veinteañera deprimida, pero se escandaliza como monja victoriana si alguien sugiere aplicar el mismo criterio a quienes llevan décadas viviendo como reyes a costa del contribuyente?
“Es pura lógica progresista”, ironiza uno de los autores del cartel, que prefiere permanecer en el anonimato porque sabe que, en cuanto le pongan nombre, le acusarán de “discurso de odio” y le pedirán que se eutanasie él mismo por el bien del planeta.
“Nos venden el aborto posparto como un acto de compasión. Nos venden la eutanasia a menores y a personas con depresión como ‘muerte digna’. Muy bien. Entonces apliquemos esa misma dignidad a los verdaderos parásitos sociales: esa clase política que multiplica ministerios inútiles, se sube el sueldo mientras nos sube los impuestos y nos obliga a financiar su agenda globalista mientras ellos se llenan los bolsillos y las cuentas en paraísos fiscales”.
El revuelo no se hará esperar. Los guardianes de lo políticamente correcto seguramente saldrán en tromba llamando al cartel “fascista”, “incitación al odio” y “violencia simbólica”.
Un conocido diputado de izquierdas, famoso por cobrar un sueldazo público mientras defiende que “hay que redistribuir la riqueza”, ha declarado con cara de indignación moral: “No se puede equiparar la vida de un ser humano con la de un político”.
Curioso argumento. Porque precisamente eso es lo que parece: que, para esta gente, un político vale mucho más que cualquier ciudadano de a pie. Un bebé recién nacido puede ser “abortado” sin que se les mueva una pestaña. Una chica joven puede ser “liberada” de su sufrimiento con una inyección letal. Pero ¿tocar un solo pelo a un señor que lleva veinte años viviendo del erario público, mintiendo sin parar y destruyendo el país a base de leyes ideológicas? ¡Eso sí que es intolerable!
Los promotores del cartel no se achantan y van más allá. Ya están preparando una “Ley de Eutanasia Selectiva para Cargos Públicos Parásitos” con requisitos muy claros y razonables:
Haber ocupado cargo público más de ocho años sin haber trabajado nunca en el sector privado.
Haber aumentado su patrimonio personal en más de un 400 % durante su mandato “al servicio del pueblo”.
Haber pronunciado las palabras “transición ecológica”, “inclusión” o “es por vuestro bien” más de quince veces en un mismo discurso.
Defender públicamente la Agenda 2030 mientras mantiene un estilo de vida que incluye vuelos privados, segundas y terceras residencias, y dietas a base de carne de vaca importada.
Haber votado a favor de subir impuestos a la clase media mientras él mismo está exento de la mayoría de ellos.
“Si la eutanasia es un derecho humano cuando alguien se siente una carga para la sociedad”, rematan los autores, “entonces que nos dejen ejercer ese derecho con aquellos que realmente lo son: los que nos empobrecen, nos controlan, nos censuran y, encima, tienen la cara dura de llamarse ‘representantes del pueblo’ mientras viven como jeques árabes a nuestra costa”.
Mientras tanto, en los pasillos del Congreso y de los ministerios, el pánico es evidente. Algunos diputados ya han empezado a pedir bajas por “ansiedad existencial”. Otros han sido vistos consultando discretamente clínicas suizas de “acompañamiento al final de la vida”. Los más listos han comenzado a redactar su carta de renuncia y a transferir fondos a cuentas en el extranjero, por si la eutanasia ciudadana se pone de moda antes de las próximas elecciones.
Porque, al final, esto no es solo un cartel. Es el grito de una sociedad que ya no aguanta más. Una sociedad cansada de que le digan que debe reducir su huella de carbono mientras los que mandan aumentan la suya exponencialmente. Cansada de que le impongan “muerte digna” a los débiles, pero protejan con uñas y dientes la vida eterna de los parásitos más inútiles y caros del sistema.
La pregunta sigue flotando en el aire, incómoda y letal como la jeringa del cartel:
Si todo vale en nombre de la “autonomía” y la “dignidad”, ¿por qué los políticos de la Agenda 2030 siguen siendo intocables? Quizá porque, en el fondo, saben perfectamente que, si se aplicaran sus propias reglas, la mayoría no durarían ni una semana.






































