¡Qué espectáculo tan edificante el de estos días! Apenas se ha conocido la muerte de Noelia Castillo, la joven de 25 años que ha decidido poner fin a su vida tras años de dolor y parálisis, y ya tenemos al coro habitual de progresistas de sofá aplaudiendo con entusiasmo: «¡Muerte digna!», «¡Al fin libre!», «¡Respeto a su decisión!».
Bravo. Qué valientes sois todos desde la comodidad de vuestras pantallas. Qué fácil resulta celebrar la eutanasia cuando no es tu hija, tu pareja o tú mismo quien está al otro lado de la aguja.
El sarcasmo aquí no sobra: es terapéutico. Porque estos mismos palmeros de la “muerte digna” son los que practican con maestría el arte del consejos vendo y para mí no tengo. Aplauden que otros se quiten de en medio cuando sufren, pero si la tragedia llama a su propia puerta, cambian de disco más rápido que un político pillado en mentira.
De repente aparecen frases como: «Bueno, pero es que la vida es sagrada», «Hay que luchar hasta el final», «Los médicos pueden equivocarse», «¿Y si probamos otro tratamiento?».
O el clásico impagable: «Es que yo no podría hacerlo».
Exacto. Tú no podrías. Pero aplaudes que otros sí lo hagan. Qué coherencia tan hermosa.
La hipocresía es tan descarada que roza lo cómico. Defienden la eutanasia como un derecho de “autonomía” y “dignidad”… siempre y cuando sea el prójimo quien la ejerza. Cuando se trata de ellos o de los suyos, la dignidad de repente consiste en resistir, en no rendirse, en “luchar como un guerrero”. Porque, claro, morir inyectado en tu habitación a los 25 años es “digno”, pero si fuera su madre la que lo pidiera, entonces sería “abandono” o “falta de cuidados”.
Noelia sufrió mucho. Una lesión medular grave, dolores crónicos brutales, una violación grupal, una vida que ya no podía controlar como deseaba. Nadie niega su dolor ni su desesperación. Pero precisamente por respeto a su sufrimiento, duele ver cómo se convierte su muerte en un espectáculo de postureo moral.
Porque la eutanasia no es un acto de libertad individual aislado. Es la aceptación colectiva de que hay vidas que ya no merecen ser vividas. Y una vez que la sociedad abre esa puerta, el listón de lo “digno” empieza a bajar peligrosamente: primero los que sufren mucho, luego los que sufren menos, después los que “suponen una carga”, y al final… quién sabe.
Estos aplaudidores de saldo no quieren verlo. Prefieren la versión bonita: “empoderamiento”, “elección libre”, “fin del sufrimiento”. Mientras tanto, ignoran que en países donde la eutanasia está normalizada, ya se extiende a depresiones, a ancianos solos, a personas con discapacidad o incluso a niños en muchos casos. Pero claro, eso son “casos excepcionales”. Hasta que dejan de serlo.
Lo realmente respetuoso con Noelia no era aplaudir su muerte, sino haberle ofrecido todas las alternativas posibles: cuidados paliativos de excelencia, apoyo psicológico profundo, investigación real en dolor crónico y, sobre todo, el mensaje claro de que su vida, incluso rota y dolorosa, seguía teniendo valor intrínseco.
En cambio, lo que hemos visto es un circo: unos convierten su muerte en bandera de “progreso”, otros en ejemplo de lo que “la sociedad le hizo”. Y en medio, la legión de hipócritas que hoy vitorean la eutanasia ajena y mañana, si les toca a ellos, se agarrarán a la vida con uñas y dientes mientras exigen que nadie les “abandone”.
Porque en el fondo todos sabemos la verdad: casi nadie que aplaude la eutanasia para los demás estaría dispuesto a pedirla para sí mismo o para sus seres queridos sin agotar antes hasta la última opción.
Eso no es defensa de la dignidad. Eso es cobardía disfrazada de compasión.
La verdadera dignidad no consiste en tener el “derecho” a que te maten cuando la vida se pone fea. Consiste en acompañar al que sufre hasta el final, en no dejarle solo, en recordarle que su existencia importa aunque ya no pueda caminar, bailar o hacer lo que antes hacía.
Pero eso requiere esfuerzo, recursos y, sobre todo, convicción. Y es mucho más fácil aplaudir y seguir scrolleando.
Descansa en paz, Noelia. Y que Dios se apiade de una sociedad que celebra que sus jóvenes prefieran morir antes que seguir viviendo con limitaciones.







































