España atraviesa este invierno una de esas estaciones que solo pueden explicarse con una mezcla de termómetro roto, estadística creativa y una fe inquebrantable en el boletín oficial del clima. Según los expertos —esos señores y señoras que miran gráficos con gesto de pitonisos—, las temperaturas están siendo “más cálidas de lo normal”, aunque en Galicia, por ejemplo, las medias oscilen alegremente entre los 4 grados y los –20 en algunas zonas. El lector poco avezado podría pensar que algo no cuadra, pero es que el calor, como se nos ha explicado con paciencia de párvulos, es asintomático. Uno puede tiritar, castañetear los dientes, ver cómo se le congela la sopa en el plato y aun así estar disfrutando de una bonanza térmica invisible, cual vitamina D en un sótano.
Los gallegos, siempre tan dados a la retranca, han recibido este fenómeno con paraguas y bufandas, porque aunque la lluvia y la nieve caigan sin parar desde septiembre, la sequía —no lo olvidemos— también es asintomática. Los ríos crecen, los embalses rebosan y las vacas practican natación sincronizada, pero el parte oficial insiste: hay sequía. Es una sequía moderna, conceptual, una sequía de espíritu que no se deja ver por el ojo profano. A fin de cuentas, ¿quién es uno para cuestionar una sequía que no moja ni desmoja?
Mientras tanto, en Madrid, los termómetros urbanos marcan cifras templadas y los ministros pasean sin abrigo, lo que confirma sin lugar a dudas que el planeta arde. Que en Soria la gente tenga que descongelar las pestañas por la mañana es una anécdota estadística, un ruido de fondo en la sinfonía del calentamiento global. Ya se sabe: si el promedio dice que hace calor, hace calor, aunque el ciudadano medio esté pensando seriamente en hibernar.
Para evitar que esta confusión sensorial siga sembrando dudas, el Gobierno ha decidido legislar con mano firme y termostato alto. Se va a introducir en el Código Penal el delito de negacionismo climático, una figura jurídica destinada a protegernos de ese peligroso colectivo que, al sentir frío, osa decir “hace frío”. La irresponsabilidad climática será perseguida con el mismo celo con que se persigue a quien roba un banco, porque nada pone más en peligro a la sociedad que un jubilado encendiendo una chimenea o un conductor arrancando su viejo diésel para ir al médico. Esas acciones, aparentemente inocentes, podrían incitar a otros ciudadanos a creer que el invierno es invierno, y eso —como todos sabemos— es un bulo de proporciones cósmicas.
Los jueces, debidamente formados en meteorología emocional, deberán valorar no tanto los hechos como la intención térmica del acusado. ¿Encendió usted la estufa porque hacía –10 grados en su salón, o porque quería sabotear la narrativa del calentamiento global? ¿Puso cadenas al coche por seguridad, o por una peligrosa tendencia a creer en la nieve? Las respuestas correctas podrán atenuar la pena; las incorrectas, enviarlo directamente al curso de reeducación climática más cercano, donde aprenderá que el frío es solo una percepción cultural.
En Galicia, las autoridades ya han puesto en marcha campañas de sensibilización. Carteles con imágenes de playas tropicales se colocan estratégicamente en medio de las ventiscas para recordar a los ciudadanos que, aunque sus narices estén a punto de desprenderse, viven en un entorno benigno. “No es frío, es una experiencia térmica alternativa”, reza uno de los eslóganes. Otro, más poético, dice: “Si tiemblas, es el planeta sonriendo”.
Los agricultores, por su parte, se debaten entre recoger la cosecha o esquiar sobre ella. Las patatas, cubiertas por una capa de nieve que no existe oficialmente, han desarrollado un carácter filosófico: existen y no existen a la vez, como la humedad en una sequía asintomática. Los meteorólogos de la televisión, con sus trajes impolutos, señalan mapas donde todo es rojo y naranja, mientras fuera del plató los pingüinos empiezan a plantearse emigrar al Guadalquivir.
Pero no nos engañemos: todo esto es por nuestro bien. El delito de irresponsabilidad climática nos salvará de nosotros mismos, de esa peligrosa manía de confiar en nuestros sentidos. ¿Qué es un termómetro frente a una directiva? ¿Qué es una helada frente a un informe? La realidad es un constructo maleable, y el invierno, una narrativa que debe alinearse con los objetivos de sostenibilidad.
Ya se están formando brigadas de “inspectores térmicos” que recorrerán los hogares buscando indicios de pensamiento frío: mantas sospechosamente gruesas, calcetines de lana con tendencias subversivas, calderas que ronronean demasiado alto. Cualquier objeto que sugiera la posibilidad de que haga frío será confiscado y sustituido por un folleto explicativo sobre el calor asintomático. La educación es la clave: si no sientes calor, es que no lo estás entendiendo.
Algunos críticos —esos eternos aguafiestas— han insinuado que quizá sería más práctico aislar mejor las casas o mejorar el transporte público antes que meter a la gente en la cárcel por encender la chimenea. Pero esas ideas son peligrosamente lógicas, y la lógica, como todos sabemos, emite demasiadas emisiones de CO₂. Mucho mejor confiar en la magia legislativa, que calienta sin contaminar.
Así pues, queridos lectores, abríguense poco y crean mucho. Si la nieve les llega a las rodillas, piensen en playas; si el hielo cubre el parabrisas, visualicen un desierto. El invierno español es ahora una obra de teatro conceptual donde todos participamos: los actores sienten frío, pero el guion dice calor. Y el guion, en estos tiempos, es sagrado.
Porque, al final, lo importante no es lo que marca el mercurio, sino lo que dicta el boletín. Y si el boletín afirma que este es el invierno más cálido de la historia, aunque estemos escribiendo con guantes, lo correcto, lo responsable y lo legal es asentir… mientras tiritamos en silencio.







































