Ah, 2020. Aquel año en el que el mundo entero decidió que lo más sensato era encerrarnos como sardinas en lata para huir de un virus que, según los de la bata blanca y los telediarios, era más letal que un Godzilla con resaca. Pero claro, como el bicho era imaginario (nunca existió, nunca se aisló, nunca fue más que una excusa de laboratorio con ínfulas de película de serie B), lo que realmente nos dejó fue una colección antológica de historias de balcones que hoy, con la perspectiva del tiempo, parecen sacadas de un reality show dirigido por un guionista borracho.
Todo empezó con el aplauso de las ocho. De repente, media España se convirtió en orquesta sinfónica de balcón: cacerolas, palmas, silbatos y hasta el vecino del quinto que tocaba la trompeta como si fuera la final de la Champions. “¡Por los sanitarios!”, gritaban. Y mientras tanto, el bicho imaginario se partía de risa en su tubo de ensayo porque, total, ni existía. Pero oye, al menos nos coordinamos mejor que en una boda gitana.
Luego llegaron las carreras de balconazis. Sí, sí, como en el vídeo que corre por ahí: bloques enteros de pisos convertidos en circuito de Fórmula 1 para chivatos con vistas al patio. Un señor del tercero izquierda veía a la vecina del segundo derecha asomarse dos segundos más de la cuenta y ¡zas!, megáfono en mano: “¡Que te quedes en casita, coño, que viene el bicho!”. La del segundo respondía con un “¡Vete a la mierda, Franco de pacotilla!” y empezaba la persecución ocular. Zoom, contrazoom, carrera de miradas asesinas por los balcones. Ganaba quien aguantara más tiempo sin pestañear mientras el otro bajaba a tirar la basura “porque se me olvidó el pan”. Épico.
Sucedió en plandemia
— 𝔼𝕝 𝕃𝕠𝕔𝕠 𝕕𝕖 𝕝𝕒 ℂ𝕠𝕣𝕣𝕒𝕝𝕒 (@locodelacorrala) April 13, 2026
Carreras de balconazis pic.twitter.com/nbyMt93aXt
Y no todo era odio. También hubo romance balcónico. El Romeo y Julieta versión coronavirus: él en el balcón de enfrente, ella en el de al lado, separadas por un patio de luces que parecía el Gran Cañón. Mensajes escritos en cartulinas, serenatas con guitarra desafinada y hasta propuestas de matrimonio con dron (porque el novio no podía bajar las escaleras sin que la policía lo multara por “delito de paseo innecesario”). Un chico de Málaga le pidió matrimonio a su novia desde el balcón de arriba con un “¿Quieres casarte conmigo… cuando nos dejen salir de esta mierda?” y la chica respondió tirándole un calcetín sucio. Historia de amor real.
Los más creativos montaron fiestas clandestinas de balcón. Nevera pequeña, altavoz Bluetooth a tope y botellón con distancia de seguridad (dos metros y medio, medidos con cinta métrica del Carrefour). La policía pasaba por abajo y ellos, desde arriba, fingían estar regando las plantas. “¡Es romero, agente, que huele a porro pero no es porro!”. Hubo hasta un concierto de reggaetón en un bloque de Vallecas donde los balcones se convirtieron en pista de baile y el vecino del bajo acabó con la lavadora llena de cubatas porque “se le cayó el hielo”.
Por supuesto, también hubo los deportistas de balcón. El que hacía burpees como si estuviera en los Juegos Olímpicos, la que practicaba yoga con la colada de fondo y el clásico señor en calzoncillos que corría en el sitio mientras gritaba “¡Esto es por el bicho, cabrón!”. Todo muy sano, muy fitness, muy “yo controlo la pandemia desde mi 45 metros cuadrados”.
Y cómo olvidar las peleas épicas por el sol. “¡Que me toca a mí el tendedero, que llevo tres días sin vitamina D por culpa del bicho imaginario!”. Discusiones que empezaban por un calcetín mal tendido y acababan con amenazas de llamar a la Guardia Civil… desde el balcón, claro, porque bajar era de pringaos.
Al final, cuando nos dejaron salir (después de que el bicho imaginario decidiera que ya había cumplido su papel de justificar toques de queda, multas y un montón de leyes absurdas), los balcones quedaron vacíos. Ya no había aplausos, ni carreras de chivatos, ni serenatas. Solo el silencio de quien se pregunta: “¿De verdad nos volvimos locos por un virus que nunca existió?”.
Pero las historias quedan. Las de los balconazis, los románticos, los fiesteros y los que simplemente salieron al balcón a gritar “¡Libertad!” mientras el resto del bloque fingía no oírlo. Porque 2020 no fue una pandemia. Fue un gran experimento social… y los balcones fueron el laboratorio.









































