Queridos compatriotas, imaginad la escena: un español medio, sentado en su sofá, con el mando en una mano y el móvil en la otra, ve en el telediario que la UE acaba de firmar el acuerdo comercial con Mercosur después de 25 años de negociaciones más largas que la lista de espera para una cita con el traumatólogo de la Seguridad Social. ¿Reacción? Cambia de canal porque empieza “MasterChef” y el cocinero está a punto de meterle fuego a un plato de arroz con bogavante.
Mientras tanto, en Brasil y Argentina se frotan las manos (y las pezuñas) porque dentro de poco van a poder inundar nuestros supermercados con carne de vaca criada a base de hormonas prohibidas aquí desde la prehistoria, soja transgénica regada con pesticidas que en Europa nos generarían multas más gordas que el PIB de Luxemburgo, y arroz que ha visto menos controles sanitarios que un bar de carretera en agosto.
¿Y nosotros? Pues nada. Seguimos con nuestra tradición milenaria de indignación controlada: un tuit furioso (máximo 280 caracteres, no vaya a ser que nos cansemos), un meme con un tractor llorando y vuelta a la siesta. Porque enfadarse de verdad requiere levantarse del sofá, y eso ya es pedir demasiado.
La clase política, esa que cobra por no leer los acuerdos que firma, nos ha vendido el pacto como “una oportunidad histórica” y “autonomía estratégica”. Claro, estratégica para que Mercedes y BMW vendan más coches en São Paulo, y para que nosotros tengamos el privilegio de elegir entre un solomillo plagado de medicamentos de 4 euros el kilo y un filete de ternera gallega que cuesta lo mismo que un riñón en el mercado negro. ¡Qué generosos!
Mientras los agricultores llevan semanas sacando tractores a las carreteras (en Cataluña ya parece que estamos reviviendo la Guerra dels Segadors pero con GPS y WhatsApp), el resto de la sociedad observa con la misma pasión que ponemos al ver llover en Barcelona: “uy, qué mal, pero menos mal que no me toca a mí”. Total, si sube el precio de la carne ya compraremos más pollo… hasta que llegue el pollo brasileño dopado con antibióticos y nos dé diarrea de campeonato olímpico.
Y lo más gracioso (o triste, según se mire) es que esto va de comida. De lo que metemos tres veces al día en la boca. No es un arancel al acero chino ni una cuota de langostas canadienses. Es nuestro chuletón, nuestro jamón, nuestro aceite de oliva virgen extra que ahora competirá con aceites de palma disfrazados de “oliva” gracias a una etiqueta diminuta que nadie lee. Pero tranquilos, que la Comisión Europea ha puesto “salvaguardas”. Sí, como cuando te pones un condón caducado: técnicamente hay protección, pero todos sabemos cómo acaba la cosa.
La pasividad española alcanza niveles de arte zen. Mientras en Francia los agricultores queman neumáticos delante de la Torre Eiffel y en Alemania bloquean autopistas como si fuera Black Friday, aquí lo máximo que hemos conseguido es un par de cortes en la AP-7 y que el consejero de Agricultura de turno salga en la tele diciendo “estamos muy preocupados” con cara de “esto lo arreglo yo con una llamada a Bruselas y un café con leche”.
Si seguimos así, dentro de cinco años el típico menú del día será:
Ensalada con soja transgénica Mercosur
Bistec de feedlot argentino con sabor a antibiótico
Postre: yogur de leche en polvo paraguaya
Café… bueno, el café se salva, ¡milagro!
Y cuando vayamos al médico con el hígado hecho puré, el doctor nos dirá: “Es que ha comido usted mucha carne barata”. Y nosotros, con la misma cara de póker de siempre: “Pues sí, qué le vamos a hacer… ¿me receta algo para el colesterol y para la vergüenza ajena?”.
Resumiendo: si la comida, que es lo único que no deberíamos externalizar nunca (ni siquiera a 8.000 km con avión), acaba convertida en moneda de cambio geopolítico… entonces ya podemos ir despidiéndonos de la soberanía alimentaria con un “hasta luego, cocidito madrileño, que te sustituye el asado pampeano low-cost”.
Así que, por favor, la próxima vez que veáis un tractor en la tele protestando, no cambiéis de canal tan rápido. Porque cuando el chuletón te cueste 3 euros pero sepa a cartón y te dé urticaria, acuérdate de este artículo y piensa: “Joder… igual tendríamos que haber hecho algo más que poner un ❤️ en el tuit del agricultor”.
¡Venga, que aún estamos a tiempo! O no. Depende de si preferimos seguir siendo el país del “ya se arreglará”… hasta que deje de arreglarse el menú.







































