Imagina la escena: un grupo de urbanitas bienintencionados, armados con palas, botas de trekking y una pasión desbordante por la naturaleza, se lanzan a recuperar un bosque en el Parque del Sureste de Madrid. Es parte de la iniciativa Healthy Cities de Sanitas, en colaboración con WWF, que busca hacer las ciudades más verdes y saludables. Hasta aquí, todo suena a película de Disney: pájaros cantando, árboles reverdeciendo y vecinos felices respirando aire puro. Pero, mientras estos héroes plantan arbolitos en la urbe, en el campo se desata una trama digna de una sitcom ecológica: bosques rurales siendo arrasados para instalar parques eólicos y fotovoltaicos. ¿Progreso sostenible o comedia de contradicciones? Vamos a deshojar esta margarita.
Acto 1: El Bosque Urbano, el Niño Mimado
En Madrid, los participantes de Healthy Cities sudan la camiseta por un bosque que, según WWF, no solo embellece el paisaje, sino que mejora la salud de los ciudadanos. Y tienen razón: los árboles son como los pulmones de las ciudades, filtrando contaminación y dando sombra a los runners que jadean en verano. La iniciativa es un éxito: voluntarios con camisetas corporativas, fotos para Instagram y la satisfacción de haber hecho algo bueno por el planeta. ¡Aplausos, por favor!
Pero espera, que la cámara se gira hacia el campo…
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Acto 2: Los Molinos y Paneles, los Villanos Incomprendidos
Mientras en la ciudad se plantan robles, en las zonas rurales los bosques caen como moscas bajo el argumento del «bien mayor». Parques eólicos y fotovoltaicos, esos gigantes de metal y cristal, prometen energía limpia para salvarnos del apocalipsis climático. Sin embargo, su instalación a veces implica talar árboles que llevaban décadas haciendo su trabajo gratis: capturar CO2 y darnos oxígeno. Es como si, para salvar el planeta, decidiéramos despedir a los empleados más antiguos y leales. «Gracias por todo, robles, pero ahora toca poner un ventilador gigante aquí».
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Acto 3: La Paradoja Verde
Aquí es donde la cosa se pone graciosa. Por un lado, adoramos los bosques urbanos porque nos hacen sentir bien y nos dan likes en redes sociales. Por otro, apostamos por energías renovables que, en teoría, salvan el mundo, pero que en la práctica a veces parecen un bulldozer con placa solar. ¿No sería más lógico proteger todos los bosques, urbanos y rurales, y buscar sitios menos frondosos para los molinos y paneles? Claro, pero eso requeriría coordinación, sentido común y menos postureo ecológico. Y en esta comedia, parece que el guion lo escribe un mono con una máquina de escribir.
El Final: ¿Reír o Llorar?
Al final, el chiste nos lo contamos nosotros mismos. Queremos ciudades saludables con bosques coquetos, pero también energía limpia que, a veces, convierte el campo en un cementerio de troncos. Quizás la solución esté en un término medio: menos talas innecesarias, más planificación y, por qué no, algún parque eólico en un descampado sin vida en lugar de en un bosque que ya estaba haciendo su parte. Mientras tanto, los voluntarios de Healthy Cities seguirán plantando árboles en Madrid, ajenos al drama rural. Y el planeta, bueno, él solo espera que algún día dejemos de tropezar con la misma raíz.